Hoy

Hoy no me banco nada. Con la misma energía que Liliana, mi amiga argentina, enfatiza cada frase, con esa misma actitud enfatizo mi día.

¡No me banco este hoy! Nada me queda. Mi closet es un desastre. Hasta mi habitación es un despelote, donde no he logrado encontrar nada y no hubiera querido venir a trabajar. El peinado se me desarma en la mitad de la calle, debo volver a buscar mis llaves que han quedado pegadas en la chapa de la puerta de calle. Escapa mi gato…. Tal vez hoy sea uno de “esos” días.

“Esos” días de los que más de alguna vez he hecho mofa de la gente “normal”, cuando todo falla, se quema el desayuno, no prende el microondas, no se logra encontrar la toalla antes de la ducha. Todo mal. Y encima de todo el marido reclamando, el hijo menor de dos años, llorando destempladamente y el maldito reloj corriendo en contra. Bueno, yo no tengo marido ni hijo menor ni mayor, sin embargo la sensación es igual de aplastante. No-me- la- banco.

Escucho Enya para relajarme, pero miro en retrospectiva y me siento supersticiosamente “maldecida” por alguna sombra del pasado, algún ex novio, amante o andante que traté con desdén. Algún solapado monolito en mi orgullo de mujer libre y sin ataduras, se resquebraja en este preciso instante y quisiera, tonta yo, tener una vida “normal”. Abrazar a una criatura pequeña que se seca los moquitos con mi blusa recién planchada, un macho recio que diga, amor, no te preocupes de nada, que aquí estoy yo….. Pero ciertamente eso ocurre sólo en los sueños idealizados de mi generación, antes de que cruzáramos la treintena. La realidad, como he escuchado desde que tengo memoria de los hechos, es muchísimo menos glamorosa.

Aún me siento como una toalla de boxeador, estrujada y arrojada al suelo, pero no importa ya. Me confortaré sola. Al fin y al cabo de eso se trata. La felicidad, como dijo sabiamente mi jefe doble MBA en finanzas y padre de cinco cabros chicos, es sólo un instante. Un punto en la curva de la vida. Nada más.  So it be.

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Todo por la Encuesta

Asi es, todo por la encuesta.  Nada más y nada menos. Segregada y paria en mi propia tierra, es injusto. La leí y me fui de espalda. No soy representativa.

Esta situación la pasaría por alto, si no fuera tan definitiva en sus conclusiones y apreciaciones. Si no fuera tan uniforme y taxativa. Si no fuera la encuesta que aparece en la revista femenina que más leo, que representa, en parte, mi opinión, que nutre, en parte, mis conocimientos culinarios y que mata, en parte, el ocio, en estos días, en que es tan fome venir a trabajar.

Porque sí, yo trabajo, tal como indica la encuesta, dentro de mi grupo etáreo y como la gran mayoría de los mortales en este planeta. Me gusta lo que hago, tal vez esa sea una diferencia. No me siento presionada por el sistema, tal vez esa sea otra diferencia.  Y mientras voy elucubrando cuántas diferencias puedo tener con la famosa encuesta, me voy llenando de inseguridades que no me gustan. De preguntas pelotudas que no me gustan, porque creo firmemente en mis convicciones. De no ser asi, no lo serían.

La mujer del bicentenario, según la encuesta, se precia de estar en un estado que me da alergia (el matrimonio) con una cantidad respetable de hijos (que también me dan alergia) y con una cantidad importante de dolores de cabeza por deudas y deberes, de tiempos comprometidos y no cumplidos, de soledades acompañadas y de compañías solitarias, de teatro y comedia, del deber y el deber y el deber como música constante, cosas que no menciona la encuesta que, sin embargo, son un FACT. Miro en retrospectiva y me gusta mi estado no convencional, me gusta mi naturaleza dispareja y particular, pero si no estamos dentro de un número o una tendencia, no somos nada. Eso también es un FACT.  No recibimos atención ni del gobierno ni del seguro social y aunque nunca he esperado ni lo uno ni lo otro, me parece que la diferencia que precia tanto esta sociedad, la oda a lo particular es una pura cháchara barata para engañar a ilusas como yo.

Pero aquí estamos. Aquí estoy más bien digo y este monólogo o más bien este fluido de mi conciencia es mi derecho soberano a pataleo, a considerar que ser minoría no es tan malo, sobretodo cuando lo natural del individuo es eso, su INDIVIDUALIDAD.  Así que mentalmente voy a ir derribando los hechos de la puta encuesta, mientras preparo un café para las visitas que vienen llegando, que sin duda poco les importarán mis conclusiones, así como a mí me importa un pito lo que ellos puedan creer. Así es. En eso nos hemos convertido. Y como final de película, como guinda de la torta, me reservo el derecho de no lanzar mi opinión a viva voz. Puede arruinar la escena del prototipo de la secretaria amable y sonriente. En algo que sea como todos.

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